Qué vano.
Vanidad. Venas… Vos estás ahí, al otro lado del muro. Ahí, incandescente como
la luz verde del semáforo. Disponible, available. Feliz… posiblemente.
Enroscado
en los sucesos de tu vida. En ese rosario de acontecimientos fútiles que nos
alivian a todos el sopor de esperar el mañana, de esperar la vejez.
Cuentagotas
mental de imágenes en fotomontaje. Me imagino tu mente, y a lo intangible le
doy forma en una representación rudimentaria y casi hollywoodense. Qué ingenuo
mi cerebro en su irrisorio acercamiento a un concepto tan inabarcable. Pese a
lo ridículo que se vuelve este ejercicio tras el breve escrutinio de la lógica,
el proceso de este mecanismo mental me dio espacio para visualizar con
precisión una especie de aterciopelada continuidad de imágenes proyectadas
sobre un fondo blanco irregular, pero de superficie lustrosa. “La
máquina proyecta, a intervalos regulares de pocas centésimas de segundo, un haz
de luz sobre los fotogramas de una película; ese haz de luz viene aumentado e
invertido por una lente que enfoca la imagen resultante sobre una pantalla.” Hay escenas de veranos en la playa.
Andá a saber si habrás tenido alguno. Aunque debo concederme que es muy
probable que sí. Hay pies con ojotas, hay amigos sonrientes sosteniendo vasos
de fernet… fue un breve eterno.
¿En algún
momento, y me excuso anticipadamente por este arranque de egocentrismo, este
sinfín de mi propia autoría creativa, corporizó mis fotogramas en su incesante
proyección? Y si así fue, ¿Se desprendió de tu inconciencia el dadivoso gesto
de interrumpir la monotonía de tu respiración?
Que flash.
Pensarte en pantuflas. Pensarte en ropa interior. Frente a un monitor
titilante. Media sonrisa por quién sabe qué o quién. Qué pretencioso de mi
parte mendigar licencias para considerarme relevante en lo exógeno de tu
universo. Alto adefesio.
Qué
ególatra, qué sádico. Si ni siquiera aquello en cuya contemplación me regocijo
está más allá de lo que mis propios sentidos pueden glosar.
¿Qué aroma
tienen tus remeras?
Cada
movimiento es perfecto. Obstinadamente elegante. Se mueren en un segundo. Se
apagan como un fósforo y te arrastran en una humareda hacia la decrepitud. Se
marchita mi cerebro, se marchita tu corazón, se marchitan nuestros cuerpos.
Quiero entender
tus proporciones.
Ya sé que
al final no soy deseable.
Estás en
ropa interior tirado en una cama y sos todo piel.
Pecas y
eso. Ta.
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