Imaginemos un mundo diferente. Un contexto deliciosamente inverosímil, en el que el coloquialismo es desterrado de nuestra lengua. Una cotidianeidad en la que el televisor desprende en la vibración de su garganta de hojalata, frases barrocas salpicadas de algoritmos literarios, exégesis impertérritas, geografías implícitas, términos irrelevantes, construcciones coercitivas e inadecuaciones intencionales en geografías lingüísticas.
Imaginémonos empuñando la palabra en su plena vocación de arte, deleitando nuestros contextos con su belleza sublime, delicada, frágil y a veces hasta perpetua. Imaginémonos desempolvando precisiones gramaticales, vistiendo oraciones de exactitudes, y buscando la fidelidad más pura entre el sentimiento y la libertad que encuentra en nuestras palabras.
Podemos decirlo todo con una mirada, podemos declararnos desprotegidos con una sonrisa, y hasta cambiar el mundo con una lágrima. El carácter meramente formal que las palabras eventualmente asumen, no está en tela de juicio. Y sin embargo, ¿Es el arte menos válido si en su definición y como regla para su disfrute, demanda una finalidad sin fin y una contemplación desinteresada? Si las palabras tienen una funcionalidad sobreestimada, ¿Es eso razón para dudar de lo legítimo de su belleza?
Imaginemos un mundo diferente. Un contexto deliciosamente inverosímil, en el que el arte vuelve a los cimientos, como artífice primigíneo de nuestra lengua.
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